Los exabrazos

Recuerdo cuando murió L. No encontraba consuelo ni lágrimas suficientes, y en su velorio, un amigo suyo, que poco me ha visto y casi nada me conoce, me abrazó tan fuerte que sentí como si pretendiera con sus brazos aplicar un bálsamo a mi espíritu roto. Y por un momento, gracias a ese afecto genuino y desinteresado, sentí un poco de paz.

Eso fue un abrazo. Un exabrazo, que se perdió en el tiempo, y que comenté tiempo después con dos amigas presentes en dicho velorio, a las que también les tocó esa dosis de cariño y que confirmaron mi teoría: nos habíamos topado con un buen abrazador.

No sé si en realidad abrazar sea un acto que revele lo que hay en el interior de un ser humano, pero sé que hay algunas personas que tienen muy desarrollado ese don. Y la verdad es que bien podría confiarle mi vida a alguien que sepa contenerme en medio de este mundo lleno de vacíos y miedos; bien podría darle puntos extra en el camino de la trascendencia terrenal.

Recuerdo con cierta melancolía a las personas que me han regalado esas demostraciones de afecto tan cotidianas, en apariencia, pero que solemos dar por sentado, y pienso incluso que esa gente podría dedicarse a ser “abrazadora profesional”, al dejar en otros cuerpos tatuajes invisibles cuya única tinta es la calidez del corazón.

Los abrazos de R, a quien veo poco, pero que siempre me sorprende con esa empatía que denota un buen abrazo, ese que grita sin voz “te comprendo”, “aquí estoy”, “todo va a estar bien”. Los abrazos de F, que suele cubrir a quien conoce, incluso por primera vez, con un manto de confianza inesperada e incluso intimidante. Los abrazos de mi madre, en su cama, yo acurrucada al lado de ella, pegada a su cuerpo, cobijada en sus pechos y sintiendo su respiración cerquita de la mía, pidiéndole horas extra a la vida para que este abrazo nunca sea un exabrazo. Los abrazos de mis hermanos cuando nos despedimos en un aeropuerto sin fecha de regreso, con la incertidumbre del tiempo y de la no permanencia, con la triste resignación que conlleva un adiós sin fecha de caducidad. Los abrazos de C, quien dice que no suelo ser tan expresiva, pero que no sabe que un abrazo suyo puede salvar mi día, y que mientras yo lo atrapo con mis piernas como arañita torpe cuando estamos acostados recuerdo por qué me gusta este experimento de estar viva. Los abrazos de aquellos pocos amigos que sé que serán, si tenemos suerte, quienes me sigan abrazando hasta que sea viejita y con trabajos pueda levantarme de la cama a saludarlos. Los abrazos de mi padre, que pueden ser incluso diplomáticos, torpes, con miedo de mostrar demasiado porque si eso ocurre podríamos quebrarnos en llanto y no soltarnos jamás. Los abrazos de mi hija, quien está aprendiendo cómo estirar sus pequeños brazos hacia mí mientras se acerca a mi pecho, sonríe y escucha el latido de mi corazón, ese que la acompañó en mi vientre, ese que late incansablemente por ella y que me hace pensar que es probable que de eso se trate el acto de abrazar: de juntar los latidos, de engañar al reloj, de recordarnos que no estamos solos, y que amarnos forma una parte inevitable de nuestro instinto.

Dejemos de luchar, pues, con las distancias de los cuerpos, y rompamos a diario ese espacio vital por unos segundos, sin prejuicios. Abracémonos, sin contar los segundos, sin sentirnos incómodos, sin tener que conocernos tanto, sin pudores ni política o religión en curso. No sabemos cuándo sea la última vez, el último abrazo, la última oportunidad para perdernos en el otro.

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Dulce Villaseñor

Valgo todo el caos que conllevo.

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