SÍ, SOY LA EX

Everything is going to be fine in the end.

If it’s not fine it’s not the end.”

— OSCAR WILDE

Voy a escribir de mí. De mi vida actual. De lo difíciles que han sido estos últimos meses en el plano emocional, porque al final, sufrí un duelo: perdí un trabajo que amaba. Llevaba trece años en el mundo de las revistas impresas, siempre, por cierto, con el mensaje no tan silencioso en los pasillos: “Esto se va a acabar”, “Digital nos va a comer vivos”, “Los influencers son los únicos que importan”, pero aún así, como si fuera empleada del extinto Blockbuster y cuidara mis DVD’s con trapitos de seda, me aferraba a las páginas que editaba con todo el amor y la fe del mundo.

Al medio editorial impreso le dediqué horas extra, desveladas, sacrificios sociales como no ir a cumpleaños de mis amigos o de mi familia, relaciones personales que no funcionaron; le entregué, sobre todo, mi creatividad, mi poesía —que dejé de lado casi por completo—, editando hasta 750 páginas por mes, entrevistando a decenas de personas, coordinando sesiones de fotos, asistiendo a eventos de moda y belleza, armando presupuestos y haciendo milagros con dos pesos; pensando en qué poner en cada una de las páginas para que resultaran interesantes, inteligentes y económicas. ¿Agotador? Así es, pero también apasionante. Los cierres eran mi cardio, en los cuales amaba escuchar música, comer chatarra y reír en compañía de un equipo de personas que adoraba.

Trece años en los cuales no paré solo tres meses, durante mi incapacidad por maternidad, y cuando volví logré acomodarme para seguir cumpliendo con todas las exigencias de una revista en números negros, exitosa y famosísima. Respetaba su línea editorial; hablaba de moda, de belleza, de realeza, de espectáculos, de recetas, pero también buscaba abrir la mente de las lectoras con temas como violencia de género, aborto, suicidio, libertad de género, posesión de armas; pretendía, desde mi trinchera, hacer un cambio en la sociedad, chiquito, quizá, pero no por ello invisible —me gusta pensar que quizá a alguien pude tocarle el corazón—. Sin embargo, entre tanta pasión se me olvidó algo: yo era la niñera de mi revista, no la mamá, y cuando se acabó mi ciclo en dicho lugar, dije adiós a mi vieja vida y “hola” a… ¿a qué?

Mi creatividad, mis ganas, mi energía, mi tiempo, mis palabras; todo eso lo destiné a una revista que no era mía. Una parte de mí llevaba tiempo queriéndose ir, buscar un trabajo más empático para una mamá nueva, con esquemas de trabajo más modernos —¿cómo le llaman? Salario emocional, claro—, y también, con nuevos retos —como lo que ahora hago: trabajar con mi esposo en una empresa de periodismo y relaciones públicas gastronómicas, que me encanta—. Todo indicaba que el cambio se acercaba, pero al ponerle punto final a ese ciclo, la pregunta fue: ¿y ahora qué? ¿Qué hago con tantas palabras? ¿De qué escribo? ¿Cómo me retomo? ¿Qué parte de mí se murió ahí y qué parte nacerá ahora? Porque si algo tuve claro desde el día en el que dejé ese trabajo fue que ahora, por primera vez en años, tenía la oportunidad de redescubrirme, de perseguir viejos sueños, de replantear mi vida desde una filosofía mucho más constructiva, que quizá me devuelva las palabras que dejé perdidas en el camino.

Dejar un trabajo no siempre es como uno lo imagina, por lo menos al principio; no es ir al gimnasio a diario y ponerte buenísima en dos semanas; no es tener tiempo para irte de brunch con tus amigas o acompañar al súper a tu mamá; no es encerrarte en un spa para hacerte tratamientos ni pasarte todo el día practicando ejercicios de estimulación temprana con tu hija; tampoco es redecorar tu casa ni organizar tus papeles, ni mucho menos leer compulsivamente todo lo que antes no podías; o sí, quizá en realidad es todo eso, pero los primeros meses, cuando el trabajo del que saliste era uno que amabas, todos tus pequeños triunfos se ven opacados por el “¿habré hecho bien?”, “¿esto será lo mejor?”, “¿será que éste ya fue el trabajo de mi vida y de ahora en adelante ya no hay más cumbres que alcanzar?”, “¿volveré a amar un empleo de la misma forma?”, “¿perderé a todos esos contactos que alguna vez se mostraron como amigos?”. Todo ese bombardeo no cesaba ni cuando dormía, pues soñaba, una y otra vez, con lugares, personas y situaciones relacionadas a lo mismo. Ahí me di cuenta: lo que en realidad estaba viviendo era una especie de divorcio, porque no solo las personas nos rompen el corazón, también ciertas circunstancias, incluso un tanto deseadas, pueden dejarnos con lágrimas en los ojos y con el ego apachurrado, que por fortuna, está sanando.

Soy la ex de mi trabajo anterior, la que quizá a veces extraña, la que dejó su huella en él incluso a pesar de sí mismo, la que quizá se ve tentado a stalkear de vez en cuando, y viceversa. Y al analizar esto, me doy cuenta que soy la ex no solo de mis amores del pasado, sino de mis casas, de algunos amigos, incluso de todas aquellas mujeres que he sido en otros tiempos, y como buena ex, quiero compartir mi historia, mis despechos, mis recuerdos alegres, e invitar a todos a preguntarse: ¿de quiénes o de qué son ex?

Published by

Dulce Villaseñor

Valgo todo el caos que conllevo.

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