23 de diciembre, 2020

Parece ser que hoy salgo de aquí. Y que volveré a ver tu carita de cereza. La última vez que la vi fue hace doce días, cuando me veniste a dejar al hospital con tu papá.

Yo me arrastraba por la pared del exterior y en cuanto entré y vi una silla, me senté, fatigada. Tu papá puso la carriola a mi lado y me dijo «acaríciala», previendo que no te vería en muchos días (o quizá no te vería). Te toqué la manita, y me regresaste el gesto con una de tus mágicas sonrisas.

«Que la paciente vaya ingresando y usted haga el registro», escuchamos. Y yo sentí un oasis encima al pensar que por fin teníamos una cama de hospital. La noche anterior habíamos ido a cuatro (contigo en el coche, pues por el virus no teníamos con quién dejarte) y nos habían rechazado por falta de espacio. Sin embargo, esa tarde, me dijeron «adelante», y yo, a rastras, sentí el mayor alivio de mi vida. Con ayuda de tu padre, salió una enfermera por mí, se abrió la puerta de cristal y me viste partir. Y sé, mi cerecita hermosa, que esa fue la primera vez que te han roto el corazón en tu recién iniciada vida.

No dejaste de llorar. Tus gritos se escuchaban en todo el hospital, incluso en la zona restringida en la que me colocaron para valorarme. Yo no tenía teléfono para hablarle a tu papá ni manera de tranquilizarte. Asumí que tu padre y tú se fueron cuando volvió el silencio al lugar. Días después, cuando él y yo pudimos platicarlo, me dijo que de regreso a casa él te explicó que me iban a esperar y tenían que estar bien.

Y te portaste como las grandes. Seria, sí, pero dejaste a tu papá hacer todo el trabajo de papá soltero sin pío. Sé que le ayudaste a hacer el quehacer y que jugaron mucho. Pero también, por las videollamadas, sé que me ignorabas. Porque realmente te lastimé. Pero era eso, mi Emi, o estar a tu lado sin poder cargarte, jugar, amarte, perder toda la poca energía que me quedaba por la neumonía y extinguirme. Y eso sí que no iba a pasar. No podía pasar.

Mi niña hermosa, mi Ajonjolí. Si pudiera borrar una imagen de mi vida sería justo la de tu corazón roto. Tu desconcierto y miedo. Pero hoy saldré de este sitio de pie y sin oxígeno extra, fatigada como nunca, con ganas de enmendar tus heridas del alma que yo misma y sin querer ocasioné.

Te amo infinitamente y estoy muy orgullosa de quien eres.

Mamá.

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Dulce Villaseñor

Valgo todo el caos que conllevo.

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