28 de diciembre, 2020

Ojalá este año hubiera sido una broma. Pero no. Yo empecé expectante. Acababa de dejar una empresa en la que estuve siete años y me sentía como tortuga bebé frente al inmenso océano. Comencé a trabajar en Culinaria Mexicana, y enamorarme cada vez más de la gastronomía, y la única condición que le puse a mi esposo para trabajar juntos fue «no podemos estar todo el tiempo juntos». Tres meses después, vino el primer confinamiento y no nos separamos por casi nada.

Supongo que el éxito fue que al final nos caímos bien. Y las peleas fueron las menos y duraron poco. Volviendo al inicio de año, fue bueno. Viajamos, visitamos restaurantes, vimos a nuestros amigos, fuimos a museos, vimos mucho a la familia. Y de repente, la soledad compartida entre él, Emi y yo nos hizo más fuertes. De nunca poder estar en casa nos encerramos como la mayoría de las personas prudentes hasta julio, y a partir de ahí comenzamos a retomar nuestra vida con muchísimas precauciones. Seguíamos pidiendo la despensa, nunca fuimos a fiestas ni abrazamos, este año, a nadie que no fuéramos nosotros. Mis manos parecen de persona de ochenta años de lavarlas tanto. Y hemos experimentado con decenas de tipos de cubrebocas.

En noviembre, juraba que la habíamos librado. Que no nos habíamos infectado, que además económicamente hablando si habíamos perdido cuentas nos habíamos organizado bien y no podíamos quejarnos. Y ahí estaba yo, toda ingenua, presumiéndole a la vida que todo bien, como ese meme de Bob Esponja que camina campante y directo a un destino desconocido.

Noviembre fue un mes raro para mí. Me esguincé el pie. Me picó algo así como una aguamala en la playa, y luego me cuidé mucho trece días para poder ver a mis papás en mi cumpleaños, que fue el veintinueve. Salimos poco, solo al dermatólogo por mi piquete, a un par de restaurantes con terraza y muchísima distancia entre mesas y mi esposo acudió a un par de reuniones de trabajo.

Festejé con cuatro amigos y mi esposo el sábado veintiocho. En casa. Todo ventilado y sin contacto. Salimos contagiados tres. Y no sabemos de dónde lo sacamos o si cada quien lo traía ya.

El veintinueve, sin saber que estábamos en proceso de incubación., vinieron mis hermanos, mis papás, mi suegra y la tía de mi esposo. Sana distancia, ventilación extrema, todo. Nadie más se contagió ese día. Por fortuna.

Pero el pánico me absorbió cuando mi esposo me dijo al día siguiente «tengo síntomas», justo después de haber visto a la gente que más amo, me volví, literalmente, loca.

Comencé a comprar medicamentos que sabía funcionaban para el virus. Mismos que no usé. Mandé a mi esposo al cuarto de visitas y me encargué yo de todo. Pero la angustia de pensar que podría haber contagiado a mi madre me torturaba con una ansiedad constante y cruda que solo una vez en mi vida había sentido.

Tres días después, empecé con fiebre, dolor de pecho y debilidad. Nada me bajaba la fiebre. Me di cuenta de que estaba enferma de ese virus. Es algo que sabes, como cuando te enamoras; es una sensación diferente a lo demás. Me preocupaba contagiar a mi hija, pero tampoco sabía cómo explicarle a una niña de dos años cómo mantener sana distancia.

La historia después, de la cual luego escribiré cuando me sienta lista, fue aterradora. Mientras que mi esposo mejoraba con el tratamiento de la doctora, yo empeoraba. Mi oxigenación bajaba cada hora dramáticamente y yo no tenía energía ni para ir al baño. El dolor en el pecho era asfixiante, y no podía concentrarme en nada. Después de necear con no querer ir al hospital por no dejar a Emilia, tres doctores me insistieron tanto que era urgente internarme que busqué una cama en cuatro sitios, sin éxito por falta de espacio.

Un milagro hizo que obtuviera una. El doce de diciembre —sí, el día de la Virgen— obtuve el ingreso al hospital. Estuve doce días en una cama, sola, boca abajo, canalizada, con oxígeno de alta presión, los primeros días sin teléfono, con un pronóstico reservado y una neumonía severa por covid-19. Estuve a nada de ser intubada, o incluso de no volver a salir de esa privilegiada habitación. De no volver a ver a mi hija o esposo, a mi madre, que por fortuna dio negativo, a mis amigos, hermanos, tíos, primos, colegas. A toda esa gente que también a veces damos por sentado.

Pero pude vivir. Me recuperé. Sigo con neumonía. El doctor dice que ni vale la pena hacerme otras placas porque mis pulmones seguirán lastimados por lo menos tres meses, con riesgo de fibrosis o de lesiones permanentes. Desde el veinticuatro de diciembre estoy en casa. Con temor de las secuelas, pues si bien el virus se va máximo a los 14 días de estar en el cuerpo, deja estragos inesperados por quién sabe cuánto tiempo. Sigo con medicamentos y con una fatiga que jamás había experimentado en mi vida. Pero ver a mi hija jugar (cursi, lo sé) me está dando toda la fuerza que por el momento necesito.

No obstante, en esa cama de hospital aprendí tantas lecciones como si me hubiera ido al Tibet o a un retiro espiritual. Aprendí a volver a soñar. Soñar con el mar en mis pies. Con Paris. Con pastel de chocolate. Con tacos al pastor. Con caminatas largas por mi ciudad. Con la risa de mi hija. Con el viento en la cara y la luz del atardecer. Aprendí, también, a agradecer, porque hubo días que no podía valerme por mí misma y tuvieron que bañarme en la misma cama, no podía ni jalarle al WC ni mucho menos cepillarme el pelo. Además, al estar en una zona Covid de hospital, nadie te visita y no puedes tener casi nada propio contigo. Así que al salir, agradecí mi almohada, mi shampoo, mi cepillo de dientes, mi ropa interior.

Esos doce días redescubrí mi amor por escuchar música. También la poesía regresó a mí, así como la meditación y el arte de no hacer nada, ver el techo y disfrutar el silencio. Me salvaron, además de los doctores y enfermeras, saberme amada ahí afuera y que mis lazos son fuertes y a prueba de distancias. También la rutina que yo misma fui estableciendo en el —por fortuna— breve encierro que pasé: a tal hora levantarme, leer, escribir, comer, lavarme los dientes, hacer mis ejercicios de respiración, estar boca abajo, intentar dormir. El tiempo en un hospital es más lento que en la vida cotidiana. Sentía que habían pasado dos horas y apenas iban treinta minutos. Y en esas circunstancias, ser paciente con el reloj resulta vital para no dejarse llevar por las emociones negativas, que pueden ser mortales ante un virus que te ataca las defensas.

Salí agradecida. Salí con ganas de quedarme con mi mejor compañía, que soy yo, porque si bien es un cliché, uno tiene que amarse a sí mismo por sobre todas las cosas, porque nunca sabes cuándo estarás completamente sola. pero también, volví a casa con miedo de sumergirme al caos de mi vida anterior, que si bien amaba, también me estaba dejando a mí misma en segundo plano: trabajo, trabajo, trabajo, estrés, compromisos, presión, hacer, hacer, hacer. ¿Cómo encontrar el equilibrio? ¿Cómo reconciliar mis dos pasados en un presente que me acerque más a lo que quiero ser, que es ser feliz?

Y quizá esa es mi gran lección persona de 2020. Una que aún me tomará mucho tiempo aprender. Pero ya estamos en el primer paso, que es amar la vida y, por supuesto, seguir viva.

Consejo: NUNCA digan que un año ha sido un buen año o no ha sido tan malo antes del treinta y uno de diciembre a las 23:59. Nunca.

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Dulce Villaseñor

Valgo todo el caos que conllevo.

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